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VOL. 2; aka “EL DIABLITO” (Caifanes, 1990)

Artista: Caifanes (C+)
Fecha de Grabación: Oct – Nov 1989
Fecha de Lanzamiento: Jun 19, 1990 MEX
Discográfica: RCA / Sony
Productor: Óscar López
Calificación: 
9

Era: 90's Rock En Ñ: La Era de Oro

Subgénero: Alternativo Ñ

Mejor Canción: La Célula Que Explota o Los Dioses Ocultos

Canciones: 1) Detrás De Ti; 2) Antes De Que Nos Olviden; 3) La Vida No Es Eterna; 4) De Noche Todos Los Gatos Son Pardos; 5) Sombras En Tiempos Perdidos; 6) El Negro Cósmico; 7) La Célula Que Explota; 8) Aquí No Pasa Nada; 9) Los Dioses Ocultos; 10) El Elefante; 11) Amárrate Una Escoba Y Vuela Lejos.

Un brinco enorme para la banda con respecto al debut. Este es un disco de transición para Caifanes, un álbum donde aún se notan algunos de los puntos flacos del anterior, pero también se nota mayor madurez en otras canciones, un estilo más definido y no tan dependiente del de The Cure, agregando más matices folclóricos que se perfeccionarían con las siguientes dos obras de arte de su discografía. Además es el regreso de Markovich a la banda, dándole ese toque de virtuosismo que le hacía falta a la guitarra. En este disco aún no se suelta por completo, pero ya se notan sus arreglos que destacan muy por encima de los de Saúl, quien puede así dedicarle toda su atención a la voz.

El primer disco de Caifanes significó un éxito inaudito para un grupo mexicano, llegando incluso a llenar por dos días consecutivos el Auditorio Nacional y atiborrando su agenda con presentaciones por todo el país. Gracias al impacto de dicho debut bastantes bandas tuvieron su oportunidad y no la desaprovecharon, como Santa Sabina, La Castañeda, Los Amantes de Lola, Maldita Vecindad, Cuca, La Lupita, Víctimas del Doctor Cerebro, Fobia, y unos renovados Botellita de Jerez, entre otros, iniciando una generación de oro para el rock mexicano. El movimiento fue como una bola de nieve que crecía cada vez más, y aunque nadie le discutía (aún) el trono a Caifanes, para 1990 había bandas que ya le pisaban los talones, como Fobia y la Maldita Vecindad.

En 1989, en una de las presentaciones que tuvieron en algún bar, se dio un reencuentro que marcaría historia. Saúl se encontró con su excompañero Alejandro Markovich, quien fuera guitarrista en las insólitas Imágenes de Aurora. Markovich salió de la agrupación por diferencias personales con Saúl, pero había continuado como guitarrista de sesión y de giras con Laureano Brizuela. El reencuentro no fue tenso, todo lo contrario: se pusieron al corriente sobre sus vidas y proyectos musicales entre tequila y tequila y después de un rato Saúl le confesó que cada día era más pesada la responsabilidad de ser guitarrista y vocalista en Caifanes. Alejandro le sugirió que buscara un guitarrista de apoyo, a lo que Saúl contestó con una pregunta contundente: “Y por qué no tú?”. Así Marcovich se integró a Caifanes en Septiembre de 1989, siendo fundamental para el sonido de la banda.

El grupo tuvo al fin su alineación completa, la más madura y representativa. Sólo se mantuvo por dos discos, pero cuando uno dice la palabra Caifanes en México, lo que se viene a la mente es un monstruo de cinco cabezas, no un cuarteto ni un trío. Caifanes son 5. La banda se trasladó a Nueva York a finales del ’89 para grabar su siguiente material, nuevamente de la mano de Óscar López. El resultado es impresionante. Justo cuando había bandas que comenzaban a lograr la misma difusión y el Vol. 1 ya sonaba un poco caduco, este disco vino a consolidarlos, mostrando su avance, un sonido más propio, alejándose de los clichés de los ochentas y del dark y con un poco más de colorido. La banda se la jugó a experimentar con arreglos de mariachi, agregó requintos incisivos, mantuvo las atmósferas sombrías de Diego y es junto con El Silencio, el trabajo en que la banda suena más sólida, unida y direccionada. El disco saldría a la venta simplemente como “Vol. II”, pero es universalmente conocido como “El Diablito” por la imagen de lotería que aparece difuminada en la en la portada y en la parte posterior. La imagen típica de la idiosincrasia mexicana sería también un simbolismo de la música, más relacionada con sonidos mexicanos y de un estilo propio. La banda además dio un giro al dejar de lado las ropas negras, el maquillaje blanco y los pelos parados al estilo gótico de The Cure, para dar pie a una imagen más fresca, rockera y alternativa, con pelo largo y sin maquillaje. También podríamos decir que es un paralelismo a su música: le eliminaron el cosmético y las influencias góticas y salió a la luz un sonido más original: el verdadero sonido de Caifanes.

El disco abre con todo con “Detrás De Ti”, un gran rocker que inicia con excelso riff y una entrada bestial de batería. La intensidad baja un poco mientras Saúl canta los versos con una voz cristalina pero salvaje, a la que le trasluce la furia. El ritmo es juguetón, guapachoso y colorido, pero sin perder esa esencia melancólica que caracteriza a los Caifos. Ya se nota el poder de la guitarra de Marcovich, no sólo con el riff, sino con los guitarreos, los juegos con los armónicos y el requinto al 1:33, breve pero que hoy día es totalmente identificable en estilo. La canción tiene infinidad de ganchos, letras medianamente coherentes y una construcción magistral. Los parones en seco tras los coros suenan magníficos, y al 2:10 hay un puente vertiginoso: “Nunca volteas, nunca me miras…” que le viene a dar otro tiempo a la canción. Inmediatamente después la banda comienza a hacer tensión basándose en los teclados de Herrera para ahora sí dar pie a que el requinto estelar estalle, y vaya que lo hace de excelente manera, con uno de los grandes momentos de Marcovich a la guitarra en este disco. Después de este la canción sube notablemente de intensidad para la coda, con los gritos histéricos “Ya noooooooooooo, ya noooooooooouhouhooo” y una salida perfecta con el riff inicial. Enorme, enorme rola que ya ha entrado al catálogo de canciones inmortales del rock mexicano.

“Antes De Que Nos Olviden” es otra de las grandes canciones del disco. Sin ser una balada, es una canción un poco más íntima y emocional. Inicia con una angelical atmósfera creada por guitarreos cargados de delay, otra punteando las cuerdas, André haciendo un juego de tums perfecto y los teclados de Diego haciendo sonidos aflautados. La voz hace un maestral manejo de tonos medios al inicio, manteniendo un aura como de esperanza y al mismo tiempo dando la idea de que algo está a punto de pasar. No es una tensión musical incómoda, de hecho es muy disfrutable el ambiente en esta primera sección, pero ya hay una gran expectativa hacia el 1:35, cuando la canción explota y entra en ritmo, sin ser tampoco una avalancha. La canción continúa con el tono íntimo y personal, Sabo Romo hace un espectacular bajeo muy elástico que desgraciadamente tiene muy poco volumen. Los “Uoooooooohs” de Saúl sirven de coro-puente y el solo de bajo al 3:28 en lugar de ser incendiario es minimalista, con los demás instrumentos bajando de intensidad cada vez más para dejar primero al Sabo manteniendo la canción, luego a Saúl y finalmente a Diego con esos teclados celestiales hasta el “Amén” susurrado que anuncia el fin de la canción. Perfecta. Una rola perfecta, con cambios de ritmo e intensidad, un trabajo en equipo exacto en cuanto a instrumentación y creación de atmósferas y hasta la letra está linda. Se supone que Hernández la dedicó a los muertos del 1º de Octubre de 1968. Yo francamente no encuentro mucha relación, pero no me parecen malas letras y la interpretación vocal es exquisita.

Sigue “La Vida No Es Eterna”, que de alguna manera suena un poco más ochentera. No es mala canción, pero no es de las favoritas del catálogo de los Caifos. Me encanta la entrada con esa tensión oscura de los punteos y luego con el riff de bajo. Los cambios de ritmo logran funcionar, pero parece que se estuvieran esforzando de nuevo en sonar como The Cure, y la verdad Caifanes suena mejor cuando suena como Caifanes. Ah, pero este disco es de transición, cierto! Aún así la construcción de la rola es mejor que muchas del álbum debut y muestran que han madurado. Supongo que es de las primeras composiciones de este disco o de las que no alcanzaron a entrar al anterior.

Viene después “De Noche Todos Los Gatos Son Pardos” que es una frase popular mexicana. La canción inicia de manera vertiginosa, con un teclado juguetón que crea la estructura en que se sienta el resto de los instrumentos y una guitarra incisiva. Saúl suena cargado de angustia mientras interpreta esos versos felinos. Ya que la canción es rápida, los puentes son mucho más lentos, con excelentes arreglos de Markovich para dar pausa y después del segundo puente los instrumentos callan casi por completo para que Saúl exclame el coro que titula la canción de manera casi religiosa. Después la fórmula se repite. Es una buena rola en que ya se nota un requintista en forma, pero tampoco es de las mejores del grupo.

Luego está “Sombras En Tiempos Perdidos”. Yo creí que era otra de las composiciones de Diego, pero no, en este disco todo el material es de Saúl. La cuestión es que la canción es muy lenta, con pocos giros, sin tensión ni clímax y una atmósfera muy sosa. La canción es muy débil, y las letras son ambiciosas y sin sentido, además de que la armonía vocal en forma de vaivén es harto repetitiva. En pocas palabras, la canción es un soporífero de casi 6 minutos.

Afortunadamente sigue “El Negro Cósmico”, un rocker con una guitarra potentísima y en la que hay que seguir nota por nota todo lo que hace Alejandro Marcovich, ya que esta es la primera muestra irrefutable de su virtuosismo. Esta rola es pura guitarra, desde la colosal intro, pasando por los power chords, los tonos con feedback, minirequintos entre cada estrofa y los arreglos más limpios durante los coros. El resto de la banda retoma un gran nivel, haciendo una estructura complicada sin bajar un solo segundo la intensidad, con una batería soberbia que no para en ningún momento. El requinto al minuto 2 es incendiario, muy de la escuela de Hendrix pero con el estilo propio de los Caifos. En fin, una canción con un impresionante despliegue de energía que se ha convertido en un clásico menor de la banda.

Pero viene una canción que es una de las mejores no sólo de Caifanes, sino del rock en español. “La Célula Que Explota” involucró un riesgo enorme por la fusión de música folclórica que tiene, desde ese riff descendente a guitarra limpia con un sonido muy huasteco, las marimbas que dan un aire veracruzano hasta la magnífica coda con vestigios de mariachi. La canción es compleja, iniciando apenas con una guitarra minimalista a la que se le van agregando instrumentos tímidamente. Alfonso hace un tamboreo muy bueno que va dando una deliciosa cadencia a la rola toda la primera parte, haciendo una ligera tensión que revienta hasta el puente del 1:42 con los teclados aflautados de Diego y la canción ya entra en ritmo al siguiente verso. En este fragmento la canción deja de lado los elementos folclóricos para convertirse en un rock suave y cadente hasta la coda, que incorpora de nuevo marimbas y una sección de trompetas que dan la impresión de mariachi. Los juegos de tiempo, el manejo de tensión, los grandísimos arreglos de todos los instrumentos y la enorme interpretación vocal, alcanzando tonos altísimos (tanto que hoy día el mismo Saúl no los alcanza) hacen de esta una canción atemporal y eterna, que sigue sonando tan gigante y fresca como el día en que se grabó. En serio, dicen que La Marcha de Zacatecas es el segundo himno nacional mexicano; yo digo que este sería el tercero. Como nota, después del enormísimo éxito de “La Negra Tomasa” la discográfica estuvo presionando a Caifanes para que se volviera una banda de darkumbias, pero lejos de encasillarse y dejarse llevar por una opción fácil y comercial, presentaron esta canción como su siguiente sencillo, superando con creces tanto en calidad como en éxito de ventas lo logrado con el LP y el single anterior.

Después llega “Aquí No Pasa Nada” que le hace honor a su nombre. No es que sea una mala canción en realidad, pero está escoltada por dos canciones tremendas que la hacen ver diminuta. No es ofensiva, no es mediocre, no es interesante, no tiene ganchos como para convertirla siquiera en un clásico menor. Resumiendo, en esta canción no pasa nada.

Sigue “Los Dioses Ocultos”, que inicia con una atmósfera etérea, celestial, basado en los juegos de teclados que dan la idea de estar entre nubes. El tamboreo primitivo de André suena perfecto, dando pauta para la erupción, mientras Alejandro va creando efectos de pedal conjugados con guitarrazos aislados o slides para complementar esa atmósfera exquisita de la intro. La canción explota finalmente al 1:30 con el coro, rabioso, incisivo, con un teclado más psicodélico y brillante. Después los versos siguen la misma melodía y mantienen la sensación aérea del principio, pero ya llevando más ritmo. Al 3:05 viene un puente donde van creando tensión en un increíble juego de batería, teclados y guitarra que tejen una armonía intrincada que va escalando de a poco hasta estallar en un requinto apocalíptico de 5 estrellas que se funde con otro coro. Realmente el manejo de la estructura que hace la banda en esta rola es algo destacable, se nota el trabajo en equipo y ninguno destaca sobre otro, sino que hacen varios solos a un mismo tiempo creando una cortina musical muy bien elaborada pero que nunca suena abrumadora. Vaya, hasta el pretensionismo y la falta de sentido lírico se le perdona a Hernández aquí ante la excelente melodía vocal y el alto registro que alcanza.

El disco podría haber terminado aquí sin menor problema, pero continúa con dos canciones que no aportan mucho. La primera es “El Elefante” que tiene un riff muy bizarro creado por teclado y guitarra, que intenta hacerse pasar por algo colosal, o podríamos decir “paquidérmico”, y más bien es un efecto extraño y delirante, pero en mal sentido. Sobre todo al 1:50 cuando queda retumbando solo el riff con una voz casi quebrada y susurrada. Se entiende la idea experimental, pero a mi gusto esta canción se sale de toda la línea de Caifanes y nos deja sin saber qué ha pasado realmente y con la única idea de haber escuchado una canción esquizoide y letras dementes que son aún más claras que en “Piedra” aunque no sean su intención.

La segunda es “Amárrate Una Escoba Y Vuela Lejos”. Al menos no tiene la sensación de paranoia musical de la anterior, aunque las letras son igual de delirantes e incoherentes. Es muy atmosférica, mas ad hoc con una balada que con esas letras ardidas. Lo destacable es el arreglito cristalino y mono de guitarra al 2:05, que no hace referencia a ninguna canción tradicional ni suena como algún instrumento musical mexicano, pero tiene un aire folclórico. Cuando este arreglo se apaga al 2:50 queda Diego sólo, haciendo sus sonidos aflautados por un rato. Y ya. No es bizarra como la anterior, pero me parece que aporta poco al sonido de Caifanes y es demasiado larga para ser una rolita atmosférica, por lo que termina aburriendo. Tras la ruptura se corrió el rumor de que Saúl la había dedicado a Marcovich, lo cual es ridículo si consideramos que al momento de grabarse y editarse este álbum ambos vivían los mejores momentos de su relación musical.

Con altas y bajas, pero las canciones más flojitas quedan maquilladas por las canciones grandes, enormes del álbum. Caifanes aún evolucionaría para crear un par de discazos redondos, sin ninguno de los traspiés que dan aquí o en el debut, pero aún así este disco es básico para leer la evolución de la banda, esa transformación de banda gótica y más basada en el trabajo del teclado de Diego, a una banda con un sonido propio, más rockero y con solos magistrales. Ambas partes se conjugan aquí, por lo que es interesante escuchar esa metamorfosis que conduciría a “El Silencio” y “El Nervio del Volcán”. Simple y sencillamente, con este disco Caifanes se confirmó como la mejor banda de rock mexicano de inicios de los 90’s, y eso es ya mucho decir.

Por Corvan  

11/Sep/2009

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